La reciente polémica alrededor de Los del Otro Equipo, un club de fútbol conformado por hombres gays en Medellín, ha provocado una intensa discusión dentro de la población LGBT. La filtración de un audio privado, en el que se explicaban las razones por las cuales una persona no había sido aceptada dentro del grupo, abrió un debate sobre clasismo, privilegio y exclusión. Como suele ocurrir en tiempos de redes sociales, las posiciones rápidamente se radicalizaron. Para algunos, el audio evidenciaba una discriminación inaceptable. Para otros, se trataba de una conversación sacada de contexto que no reflejaba la esencia de un proyecto construido precisamente para ofrecer espacios seguros a hombres gays que históricamente encontraron barreras en el deporte.
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Sin embargo, más allá de quién tenga razón en esta controversia, creo que el episodio deja al descubierto una pregunta mucho más profunda y relevante para nuestra comunidad: ¿hasta qué punto estamos dispuestos a convivir con las diferencias que existen dentro de la propia diversidad?
El audio ha sido cuestionado porque hace referencia a características asociadas con determinados estilos de vida, niveles socioeconómicos y formas de relacionarse socialmente. Y es comprensible que muchas personas se hayan sentido incómodas al escucharlo. Durante décadas, las personas LGBT hemos experimentado en carne propia lo que significa ser excluidos por no encajar en determinados modelos sociales. Sabemos lo que se siente cuando alguien decide que no pertenecemos a un espacio porque somos demasiado afeminados, demasiado masculinos, demasiado visibles o demasiado diferentes. Precisamente por eso, cualquier señal que recuerde esas dinámicas genera preocupación.
Pero la conversación no debería detenerse ahí.
Porque mientras una parte de la comunidad denunciaba el supuesto clasismo de Los del Otro Equipo, otra parte utilizaba el episodio para ridiculizar a quienes integran ese club. En cuestión de horas aparecieron etiquetas que resultan igualmente reveladoras: «los privilegiados», «los blancos», «los musculosos», «los de El Poblado», «los gays de gimnasio», «los que viven en una burbuja». De repente, muchas personas parecían sentirse cómodas caricaturizando a un grupo entero a partir de características económicas, físicas o culturales.
¿Acaso no es eso también una forma de estigmatización?
La historia de las luchas LGBT ha sido, en esencia, una lucha por ampliar las posibilidades de existencia. Durante décadas hemos defendido el derecho de cada persona a vivir su orientación sexual y su identidad de género sin imposiciones externas. Hemos cuestionado la idea de que exista una única manera correcta de amar, de formar una familia o de construir un proyecto de vida. Por eso resulta paradójico observar cómo, en algunos sectores de la propia comunidad, comienzan a consolidarse nuevas formas de uniformidad.
Cada vez es más frecuente encontrar discursos que establecen fronteras invisibles sobre quién representa adecuadamente a la diversidad y quién no. Se cuestiona al gay que es religioso. Se desconfía del gay que es empresario. Se ridiculiza al gay que se preocupa por su apariencia física. Se señala al que vive en sectores privilegiados. Se condena al que tiene posiciones políticas conservadoras. Y en épocas electorales, incluso se llega a insinuar que determinadas orientaciones políticas son incompatibles con la pertenencia a la comunidad LGBT. Como si la orientación sexual viniera acompañada de una obligación ideológica.
La realidad es mucho más compleja.
La comunidad LGBT no es un partido político, ni una iglesia, ni una corriente filosófica. Es una población profundamente diversa, atravesada por diferencias económicas, culturales, religiosas, generacionales y territoriales. Dentro de ella conviven personas de izquierda y de derecha, creyentes y ateas, habitantes de barrios populares y residentes de sectores exclusivos, activistas comprometidos y personas que simplemente quieren vivir su vida sin involucrarse en ninguna causa colectiva.
Y esa pluralidad no debería verse como una amenaza. Debería ser entendida como una de nuestras mayores fortalezas.
Quizás parte del problema radica en que hemos confundido inclusión con afinidad. Nos resulta relativamente sencillo aceptar a quienes comparten nuestros valores, nuestras referencias culturales y nuestras posiciones políticas. El verdadero reto aparece cuando debemos convivir con personas que piensan distinto, que tienen trayectorias diferentes o que representan formas de vivir la diversidad que no necesariamente nos gustan o nos identifican.
El respeto por la diferencia, más que un discurso, una práctica.
La diversidad no consiste en reunir personas iguales bajo una misma bandera. Consiste precisamente en crear espacios donde puedan coexistir personas profundamente distintas entre sí. De lo contrario, terminamos reproduciendo la misma lógica que durante años cuestionamos: la idea de que solo quienes cumplen determinadas características merecen ser reconocidos como parte legítima de la comunidad.
La polémica de Los del Otro Equipo probablemente pasará. Como tantas otras controversias digitales, será reemplazada por una nueva discusión dentro de unos días. Pero la pregunta que deja sobre la mesa seguirá vigente mucho después de que desaparezcan los comentarios y los titulares.
¿Estamos construyendo una comunidad cada vez más diversa? ¿O estamos construyendo una comunidad donde cada vez existen más requisitos para pertenecer?
La ñapa.
Durante muchos años luchamos para que nadie nos dijera cómo debía verse una familia, cómo debía comportarse un hombre gay o qué significaba vivir correctamente una orientación sexual diversa.
Sería una contradicción enorme terminar creando, desde adentro, nuevas versiones de esas mismas reglas.
Porque la verdadera inclusión comienza cuando entendemos que la diversidad no es que todos seamos iguales.
La diversidad es aceptar que nunca lo seremos.
Y aun así decidir compartir la misma cancha.




