La diversidad suele asociarse con la capacidad de reconocer que las personas somos diferentes. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar que esas diferencias también existen dentro de las propias minorías.
Esta semana, The New York Times publicó una columna del activista y escritor estadounidense Matthew Vines titulada I’m Gay, Not Queer. It Matters. («Soy gay, no queer. Y eso importa»). En ella plantea una reflexión que ha generado un intenso debate en Estados Unidos y que, probablemente, también comenzará a ocupar un lugar en la conversación pública de países como Colombia.
La pregunta que propone no es si las personas LGBT merecen igualdad de derechos. Esa discusión, para él, está completamente superada. La pregunta es otra: ¿todas las personas homosexuales se sienten representadas por las mismas identidades, los mismos discursos y las mismas formas de entender la diversidad?
Es una conversación compleja. Pero precisamente por eso vale la pena tenerla.
Una voz que merece ser escuchada
Matthew Vines no es un opositor al movimiento LGBT. Todo lo contrario.
Es autor del libro God and the Gay Christian, fundador de The Reformation Project y una de las voces más reconocidas en Estados Unidos por promover la inclusión de las personas LGBT dentro de las iglesias cristianas. Durante más de una década ha defendido que la orientación sexual y la fe no son incompatibles y ha contribuido a abrir espacios de diálogo en comunidades religiosas tradicionalmente conservadoras.
Por eso resulta significativo que sea él quien impulse esta reflexión.
No habla desde el rechazo.
Habla desde la experiencia de alguien que ha dedicado buena parte de su vida a ampliar derechos y construir puentes.
¿Qué plantea Vines?
En su columna explica que durante muchos años se identificó simplemente como un hombre gay.
Para él, esa palabra describe una orientación sexual: la atracción afectiva y sexual hacia personas del mismo sexo.
Sin embargo, sostiene que el término «queer» ha evolucionado hasta representar, en muchos espacios, algo más amplio que una orientación sexual o una identidad de género. En determinados contextos también expresa una forma de comprender el género, las normas sociales y la política de las identidades.
Su argumento es que muchas personas homosexuales no necesariamente comparten esa visión y, aun así, sienten que existe una expectativa de adoptar esa etiqueta como si representara de manera natural a toda la comunidad.
Vines sostiene que es posible apoyar plenamente la igualdad de derechos de las personas LGBT sin sentirse identificado con todas las corrientes ideológicas que hoy conviven dentro del movimiento.
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Una aclaración importante
Tras la publicación de su columna, Vines respondió en sus redes sociales a algunas interpretaciones que comenzaron a circular.
Allí dejó claras tres ideas que ayudan a comprender mejor el alcance de su reflexión.
Primero, reafirmó su apoyo a las personas transgénero y explicó que no comparte las posiciones que buscan separar a las personas LGB de las personas trans.
Segundo, señaló que respeta plenamente a quienes prefieren identificarse como «queer» y que su columna no pretende cuestionar esa elección.
Y tercero, afirmó que la validez de las relaciones entre personas del mismo sexo no depende de cómo se identifiquen quienes las conforman, sino del respeto y la dignidad que merecen como cualquier otra pareja.
Más que retractarse, estas aclaraciones delimitan con precisión el alcance de su argumento: no discute los derechos de otras personas, sino el derecho de cada individuo a definir su propia identidad.
Una conversación que también existe en Colombia
Aunque el contexto colombiano es diferente al estadounidense, el debate comienza a asomarse también aquí.
Durante décadas, buena parte del movimiento LGBT concentró sus esfuerzos en objetivos comunes: combatir la discriminación, lograr la igualdad jurídica y garantizar derechos fundamentales.
Muchos de esos avances fueron posibles gracias al trabajo de organizaciones sociales, académicos, activistas, litigios estratégicos y decisiones de las altas cortes.
Sin embargo, con el paso del tiempo el movimiento también se ha diversificado.
Hoy conviven bajo unas mismas siglas orientaciones sexuales, identidades de género, expresiones de género, perspectivas académicas y corrientes políticas muy distintas entre sí.
Esa diversidad enriquece el movimiento.
Pero también hace que no todas las personas se sientan representadas por los mismos discursos.
Reconocer esa realidad no significa desconocer derechos.
Significa aceptar que la pluralidad también existe dentro de las propias minorías.
La diversidad también incluye el desacuerdo
Quizá una de las mayores paradojas de nuestro tiempo es que hablamos constantemente de inclusión, pero a veces nos cuesta aceptar la diversidad de opiniones dentro de los propios movimientos sociales.
No todas las personas homosexuales piensan igual.
No todas las personas trans piensan igual.
No todas las mujeres piensan igual.
No todas las personas creyentes piensan igual.
No todos los jóvenes piensan igual.
Y eso no debería sorprendernos.
Reducir millones de personas a una única forma de pensar contradice precisamente aquello que la diversidad pretende defender: el reconocimiento de la individualidad.
Una reflexión personal
Como hombre gay y como alguien que ha dedicado buena parte de su vida profesional a promover la inclusión y el diálogo, encontré valiosa la columna de Matthew Vines, no porque ofrezca respuestas definitivas, sino porque abre una conversación que muchas personas prefieren evitar.
Los derechos se fortalecen cuando las sociedades son capaces de debatir con argumentos, escuchar perspectivas diferentes y aceptar que nadie representa por completo la experiencia de los demás.
Creo profundamente que defender la diversidad también implica aceptar que existen distintas maneras de vivirla, de comprenderla y de nombrarla.
No todas las personas LGBT construirán su identidad de la misma forma.
Y quizá esa sea una de las expresiones más auténticas de la propia diversidad.
Una invitación al diálogo
En un momento en el que las redes sociales suelen premiar las posiciones más radicales, vale la pena reivindicar el espacio para las conversaciones serenas.
Más allá de si alguien se identifica como gay, lesbiana, bisexual, trans, queer o con cualquier otra expresión, lo verdaderamente importante es preservar una sociedad donde todas las personas puedan ejercer sus derechos y expresar su identidad sin imponerla a los demás.
Porque la diversidad no consiste en pensar igual.
Consiste en garantizar que personas diferentes puedan convivir con la misma dignidad.




