Los bajos del puente y zonas verdes aledañas reúnen prácticas deportivas, encuentros y conflictos por el uso del espacio público. Su historia permite comprender la distancia entre lo que se proyecta y lo que ocurre cuando las personas habitan un lugar.

Un mismo lugar puede significar libertad para unas personas y preocupación para otras. En el sector de la 4 Sur, quienes encuentran un espacio para practicar deportes o reunirse comparten el entorno con residentes, visitantes, transeúntes y economías informales, todas ellas con necesidades diferentes. Y aunque este es un espacio con presencia cotidiana de un gran número de personas no significa que exista acuerdo sobre cómo utilizarlo.

Comprender este territorio exige mirar su origen, las iniciativas que lo transformaron y las tensiones que acompañan sus usos.

Una obra que también creó espacio público

El puente Gilberto Echeverri Mejía, conocido como puente de la 4 Sur, conecta El Poblado (comuna 14) y Guayabal (comuna 15) sobre el río Medellín. Su construcción buscaba mejorar la movilidad entre el oriente y el occidente y facilitar las conexiones con la Autopista, la Avenida Regional y las avenidas Las Vegas y El Poblado.

El proyecto contemplaba circulación peatonal, ciclovía, zonas verdes y parques infantiles. En enero de 2012, durante la etapa final de construcción, la Administración señalaba que un área libre bajo la estructura podría recibir usos acordados entre la Alcaldía y la comunidad. La obra abría una posibilidad cuyo desarrollo dependería también de decisiones posteriores.

En Guayabal, las rampas llegaron primero

En el costado occidental, algunos jóvenes identificaron un espacio amplio, protegido del sol y la lluvia, donde podían practicar deportes.

Según la memoria publicada por Mi Comuna Guayabal, Juan Manuel Urrea y David Frank Uribe, junto con amigos, construyeron rampas de madera con recursos propios. El relato describe dificultades iniciales con los celadores para instalarlas y gestiones para continuar practicando mientras promovían un escenario permanente. La fuente sitúa el respaldo comunitario a la iniciativa en las Jornadas de Vida de 2013.

En agosto de 2016 se inauguró el Parque de Ruedas: una intervención de 1.800 metros cuadrados para BMX, roller y skate, con una inversión reportada de 893 millones de pesos. Diseñado por el arquitecto y deportista Mauricio Mejía, se anunció como un escenario de uso libre.

Esta trayectoria documenta una iniciativa juvenil, gestión comunitaria e inversión pública, pero también, como desde sus inicios ya existían desacuerdos sobre el uso del lugar.

Habitar transforma lo proyectado

La teoría de la producción social del espacio de Henri Lefebvre distingue entre el espacio concebido por planificadores, las prácticas cotidianas y los significados de quienes lo viven. Estas dimensiones interactúan: el diseño orienta los usos, pero no determina por completo lo que sucederá allí.

Desde la psicología ambiental, Tomeu Vidal Moranta y Enric Pol Urrutia explican la apropiación mediante dos procesos complementarios: actuar sobre el entorno y desarrollar una identificación simbólica con él. Las actividades y los vínculos contribuyen a convertir un espacio en un lugar significativo.

La historia de las rampas puede leerse desde esos enfoques. Sin embargo, apropiarse de un lugar no garantiza aceptación colectiva ni compatibilidad entre sus usos. Distintos grupos pueden atribuirle sentidos que entran en conflicto.

Un encuentro que también genera tensiones

El Parque de Ruedas es una parte del entorno. Su historia deportiva no explica por sí sola lo que ocurre en los andenes, los bajos y las zonas verdes.

Un reportaje de De la Urbe, publicado en abril de 2024, recoge experiencias de integración y pertenencia junto con preocupaciones vecinales por la seguridad. También documenta consumo de cannabis y operativos relacionados con sustancias y estacionamiento de vehículos. Estas experiencias muestran un territorio compartido, pero discutido.

Para comprender sus conflictos debemos distinguir prácticas deportivas, consumo, comercialización de sustancias y ocupación de zonas peatonales. También precisar qué ocurre en cada punto, a quién afecta y qué respuestas recibe. Frecuentar el lugar no hace que todos sus usuarios participen en las mismas actividades.

“Territorios que escuchan: Diálogos para la convivencia en la 4 Sur” parte de estas preguntas. Busca reunir las voces de quienes permanecen, transitan, viven y trabajan alrededor, y de las instituciones responsables.

La historia del sector muestra que construir espacio público abre posibilidades. Sostenerlo como un lugar accesible y compartido exige escuchar sus diferencias, atender las afectaciones y construir acuerdos sobre cómo habitarlo.

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Este contenido hace parte del trabajo periodístico de la propuesta “Territorios que escuchan: Diálogos para la convivencia en la 4 Sur”, ganadora de la convocatoria Territorios que Inspiran 2026 de la Secretaría de Comunicaciones de la Alcaldía de Medellín. La iniciativa es desarrollada por la Corporación Historias No Contadas, a través de El Poblado en Historias, para comprender las dinámicas del territorio y promover el diálogo ciudadano sobre convivencia y espacio público.

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