Una batalla de “farmear aura” en EAFIT despierta una reflexión sobre el ballroom y el valor de las disidencias que ocuparon el centro cuando hacerlo implicaba rechazo, exclusión o riesgo. Una invitación a celebrar las nuevas libertades sin olvidar quiénes ayudaron a hacerlas posibles.
«Las disidencias ensayan futuros que, con el tiempo, la mayoría termina habitando.»
Hace unos días vi circular las imágenes de una batalla de «farmear aura» en los espacios de la Universidad EAFIT, en Medellín. Jóvenes enfrentados en una especie de pasarela improvisada caminaban, posaban, sostenían la mirada y convertían sus gestos en una demostración de seguridad. Alrededor, otros estudiantes grababan, reían y celebraban.
Mi primera reacción no fue preguntarme si aquello era serio o ridículo. Tampoco sentí la necesidad de juzgar a una generación por divertirse con códigos que quizá quienes somos mayores no comprendemos del todo. Lo que sentí fue una extraña familiaridad. Había algo en esas caminatas, en el uso del cuerpo, en el reto frente al público y en la conquista momentánea del centro que me llevó a pensar en el ballroom.
Quiero decirlo con claridad: no soy un experto en ballroom ni pretendo convertirme en intérprete autorizado de una práctica construida por comunidades negras, latinas, trans y queer en Estados Unidos. Tampoco soy un investigador de todas las tendencias juveniles que aparecen en las redes. Escribo desde otro lugar: el de una persona que ha sido testigo del costo que tuvo para muchos jóvenes LGBT atreverse a mostrarse como eran.
«Farmear» viene del lenguaje de los videojuegos: repetir acciones para acumular puntos, recursos o experiencia. En esta tendencia, el recurso es simbólico. Se gana «aura» cuando una persona proyecta carisma, presencia, estilo o una seguridad capaz de atraer las miradas. Lo que comenzó como lenguaje digital se ha trasladado a espacios físicos mediante encuentros donde los participantes caminan, posan y se desafían frente a un público.
No afirmo que estas batallas sean una copia del ballroom ni que exista una línea directa entre ambos fenómenos. La cultura rara vez viaja de manera tan ordenada. Lo que me interesa es reconocer una resonancia: el cuerpo convertido en lenguaje, la presencia convertida en valor y el centro convertido en un lugar que se conquista.
El centro como conquista
La cultura ballroom contemporánea tomó forma en Nueva York durante las décadas de 1960 y 1970, especialmente entre comunidades LGBT negras y latinas que también enfrentaban racismo dentro de los concursos y espacios de socialización de la época. Sus balls permitieron competir en categorías como face, runway, realness, moda y performance. Las houses no eran solamente equipos: para muchas personas funcionaron como familias elegidas, redes de cuidado y lugares de pertenencia.
Pero más allá de las categorías, ballroom produjo un gesto político y humano extraordinario: tomó cuerpos a los que la sociedad les ordenaba esconderse y los puso en el centro de una pasarela. La persona señalada por su color de piel, su orientación sexual, su identidad o su expresión de género podía caminar frente a su comunidad y ser reconocida como bella, poderosa, creativa o legendaria.
Ese centro no era solamente un escenario. Era la posibilidad de reconstruir una dignidad que afuera se negaba. Ponerse allí implicaba afirmar: este cuerpo existe, esta vida tiene valor y esta manera de habitar el mundo también merece ser celebrada.
Yo sí he visto jóvenes LGBT rechazados por su expresión de género en entornos sociales, culturales y académicos. He visto cómo algunos aprendían a bajar la voz, controlar las manos, neutralizar la ropa o medir cada gesto para no llamar demasiado la atención. Para ellos, ocupar el centro no era un juego sin consecuencias. Podía significar perder aceptación, cerrar una oportunidad, ser objeto de burla o poner en riesgo su propia seguridad.
Cuando el gesto se vuelve aceptable
Por eso me resulta tan significativo observar que hoy una práctica basada en caminar, posar, exagerar un movimiento y demostrar presencia llegue a las aulas y a los espacios de una universidad como EAFIT. No lo digo como un señalamiento contra la institución ni como un reclamo dirigido a sus estudiantes. Al contrario: celebro que los jóvenes puedan jugar con su cuerpo, exponerse a la mirada de otros y recibir aplausos sin que esa experiencia tenga que convertirse en una amenaza para su existencia.
Sin embargo, la escena deja una pregunta incómoda: ¿habría sido recibida con la misma naturalidad, algunos años atrás, una batalla de ballroom convocada por jóvenes trans o por estudiantes con expresiones de género visiblemente disidentes? No tengo una respuesta absoluta. Pero la duda es suficiente para mirar con más atención la manera como cambian nuestras percepciones.
La cultura circula, la memoria permanece
A veces una sociedad acepta primero el gesto y solo después aprende a respetar el cuerpo que históricamente lo encarnó. Aquello que fue calificado como exagerado, impropio o escandaloso cuando provenía de una persona disidente puede ser recibido como creativo, divertido y viral cuando se presenta bajo un código que ya no amenaza las normas establecidas.
Eso no significa que cada joven que farmea aura esté apropiándose conscientemente de una tradición LGBT. Sería injusto y poco riguroso afirmarlo. Tampoco creo que la cultura deba vivir encerrada detrás de fronteras identitarias. La cultura crece porque circula, se mezcla, cambia de nombre y encuentra nuevos cuerpos capaces de interpretarla.
Lo que no deberíamos perder en esa circulación es la memoria. Antes de que ciertos movimientos fueran tendencia, hubo personas que los realizaron cuando podían costarles la familia, el empleo, la educación o la vida. Antes de que ocupar el centro produjera puntos imaginarios de aura, hubo quienes ocuparon ese lugar para recordarse a sí mismos que merecían existir.
Esta es, para mí, una de las contribuciones más valiosas de las disidencias. Las minorías no solamente reclaman derechos o solicitan un espacio dentro de la sociedad. También ensayan otras maneras de vivir, de construir familia, de habitar el cuerpo, de expresar el género, de producir belleza y de relacionarse con los demás. Muchas veces lo hacen mientras son ridiculizadas o perseguidas. Años después, parte de esas libertades se incorpora a la vida colectiva y comienza a parecernos natural.
Las disidencias ensayan futuros que, con el tiempo, la mayoría termina habitando. Ese podría ser su triunfo más profundo: no conseguir que todos las imiten, sino ampliar los límites de aquello que una sociedad considera posible.
Pero ese triunfo todavía está incompleto si celebramos la expresión solo cuando deja de parecer LGBT, trans, negra o marginal. Sería contradictorio aplaudir una batalla de aura y, al mismo tiempo, continuar castigando al estudiante afeminado, a la joven trans o a quien no encaja en las formas tradicionales de masculinidad y feminidad. La verdadera transformación no consiste únicamente en incorporar el gesto, sino en respetar plenamente a las personas que abrieron el camino para expresarlo.
Celebrar sin olvidar
Quiero que las batallas de aura sigan llegando a las universidades, a las plazas y a las aulas. Quiero que los jóvenes se diviertan, se miren, posen, se reten y descubran el valor de su presencia. Esta editorial no es un reproche. Es una invitación a celebrar esa libertad con un poco más de memoria y de gratitud.
No necesito ser experto en ballroom para reconocer el coraje de quienes se pusieron en el centro cuando hacerlo tenía un costo real. Tampoco necesito descalificar una tendencia juvenil para comprender que su aparente ligereza puede hablarnos de una sociedad que, lentamente, aprende a permitir otras formas de presencia.
Tal vez «farmear aura» sea una expresión nueva. La valentía que hizo posible que hoy tantos cuerpos puedan ocupar el centro no lo es. Antes de que el aura fuera tendencia, hubo personas disidentes que se atrevieron a caminar bajo todas las miradas y a decir, con su sola presencia: aquí estoy.
Fuentes de contexto para verificación editorial
- Museo Nacional de Historia y Cultura Afroamericana, A Brief History of Voguing
- NYC LGBT Historic Sites Project, Drag Balls at Imperial Lodge of Elks
- Know Your Meme, Aura Farming
- El País ICON, Farmear aura, el fenómeno que conquista a Rosalía y espanta a mileniales y boomers
Nota: estas fuentes respaldan el contexto histórico y contemporáneo; la reflexión y la experiencia en primera persona corresponden al autor.




