Durante los últimos días varios amigos me han etiquetado en publicaciones rechazando el supuesto nombramiento de Viviane Morales como ministra de Educación del gobierno de Abelardo de la Espriella.
Entiendo perfectamente la preocupación.
Como hombre gay, he manifestado en distintas ocasiones mis profundas diferencias con varias de las posiciones públicas que Viviane Morales ha defendido durante su trayectoria política. Su oposición a la adopción por parte de parejas del mismo sexo y sus posturas frente al reconocimiento de derechos de las personas trans hacen que, en lo personal, no considere que sea la persona más adecuada para liderar una cartera tan importante como el Ministerio de Educación.
Esa es mi opinión.
Pero una opinión nunca puede reemplazar los hechos.
Por eso decidí no pronunciarme inmediatamente.
Antes de publicar cualquier comentario hice lo que creo que todo periodista tiene la obligación de hacer: verificar la información.
Revisé las cuentas oficiales de Viviane Morales y del presidente electo Abelardo de la Espriella buscando algún anuncio sobre el supuesto nombramiento.
No encontré ninguno.
Después revisé con detenimiento una de las publicaciones que más estaba circulando en redes sociales, compartida por la revista Volcánicas y replicada por cientos de usuarios. Allí encontré algunos elementos que me hicieron detenerme. La captura del supuesto mensaje atribuida a Viviane Morales presentaba diferencias visibles frente al perfil oficial que pude consultar directamente.
Ver esta publicación en Instagram
Esa observación, por sí sola, no demuestra que la imagen sea falsa ni que haya existido una manipulación. Pero sí fue suficiente para hacer lo que considero correcto: no dar por cierta una información que, hasta ese momento, no encontraba respaldo en una fuente oficial.
Y ese, precisamente, es el punto de esta columna.
Vivimos en una época en la que las redes sociales premian la velocidad y castigan la prudencia.
Una noticia que confirma nuestros miedos se comparte en cuestión de minutos. Muy pocos se detienen a preguntarse si realmente ocurrió.
Pero el periodismo no funciona así.
Nuestra responsabilidad no consiste en publicar primero para corregir después. Consiste en verificar primero, especialmente cuando la emoción nos invita a hacer exactamente lo contrario.
No estoy escribiendo estas líneas para defender a Viviane Morales.
Tampoco para decir que apoyaría su eventual nombramiento.
Si el presidente decide designarla oficialmente como ministra de Educación, abriré ese debate con argumentos y explicaré por qué considero que Colombia necesita una persona capaz de conectar mejor con las nuevas generaciones, comprender la diversidad de nuestra sociedad y liderar una conversación amplia sobre el futuro de la educación.
Ese debate será completamente legítimo.
Lo que no me parece legítimo es convertir una posibilidad en una certeza sin que exista una confirmación oficial.
Porque cuando renunciamos a verificar la información simplemente porque coincide con nuestras convicciones, dejamos de hacer periodismo y empezamos a hacer activismo informativo.
Y ese es un riesgo que no depende de si somos de derecha o de izquierda, creyentes o ateos, heterosexuales o personas LGBT.
La desinformación no tiene ideología. Nos perjudica a todos.
Como periodista prefiero correr el riesgo de hablar unas horas más tarde que el de contribuir a difundir una información que todavía no ha sido confirmada.
La credibilidad no se construye cuando publicamos lo que todos quieren escuchar.
La credibilidad se construye cuando somos capaces de verificar incluso aquello que confirma nuestros propios temores.
Y esa seguirá siendo la apuesta de Marco Editorial.




