Nunca he estado a favor de la ilegalidad. Pero crecí en medio de ella. Y hay una parte de mi historia que no estoy dispuesto a borrar para que mi opinión sobre la seguridad resulte más cómoda.
Nací y crecí en la periferia de Medellín. En la Comuna 13 pasé buena parte de mi adolescencia, en un entorno donde la ausencia del Estado dejaba demasiado espacio para que otros impusieran sus reglas. Allí crecí junto a personas que, en medio de sus vulnerabilidades, no tuvieron las mismas oportunidades ni la misma fortuna que yo.
Muchos de mis amigos de infancia terminaron en el consumo problemático de sustancias, vinculados a estructuras criminales o ejerciendo el sicariato. Es doloroso escribirlo. También es parte de la verdad.
Pero antes de que esas palabras definieran sus vidas, fueron los muchachos con los que crecí en la cuadra. Mis amigos. Reconocerlo no significa aprobar sus decisiones ni desconocer a las personas que sufrieron por sus actos. Significa que mi memoria conserva algo que el lenguaje de los operativos suele borrar: detrás de cada categoría hubo una persona y una historia.
No voy a romantizar la violencia. Sé que destruye vidas, familias y barrios. Precisamente por haber crecido cerca de ella, me cuesta aceptar que la conversación sobre seguridad se reduzca a celebrar capturas, contar uniformados o aplaudir la ocupación de un territorio.
Hoy, cuando veo esos grandes despliegues de fuerza en los barrios, con policías y acompañamiento militar, me pregunto qué experimenta la gente que vive allí. ¿Protección? ¿Alivio? ¿Miedo? ¿La sensación de estar, otra vez, bajo sospecha por el lugar donde nació?
Me preocupa que la presencia militar termine convertida en una respuesta habitual a los problemas de convivencia. Me preocupa que confundamos la capacidad de intimidar con la capacidad de construir confianza. Y me preocupa que una comunidad solo sienta la presencia del Estado cuando llega un operativo.
Porque el Estado también tendría que llegar antes: cuando un adolescente necesita continuar estudiando; cuando una familia busca atención en salud mental; cuando alguien quiere salir de una estructura criminal; cuando una comunidad pide espacios para encontrarse sin miedo.
Algunas imágenes de esos despliegues me recuerdan los operativos migratorios del ICE en Estados Unidos. La comparación que me inquieta está en la relación entre la fuerza y la vulnerabilidad: quién tiene el poder, quién debe demostrar que merece un trato digno y qué tan fácilmente una sociedad acepta que ciertos grupos vivan bajo sospecha.
Las diferencias entre ambos contextos exigen cuidado. Pero la pregunta ética nos alcanza aquí también: ¿qué estamos dispuestos a permitir cuando la autoridad actúa sobre personas con las que no nos identificamos?
Los resultados de las elecciones legislativas estadounidenses, con la victoria demócrata en el Senado y la Cámara de Representantes, abren una discusión sobre los límites al poder. Sería simplista atribuir ese resultado a una sola causa. Yo lo leo también como una invitación a recordar que un mandato electoral no es un cheque en blanco y que exigir autoridad es compatible con exigir respeto por los derechos humanos.
Esa discusión me devuelve a Medellín. A la facilidad con la que algunos aceptan la humillación de un joven de nuestros barrios. A la distancia que ponemos frente a personas cuyas historias podrían cruzarse con las nuestras.
Cuando me pregunto de dónde venimos los paisas, sé que no hay una sola respuesta. Mi historia no representa a toda Antioquia. Pero también pertenece a ella. Las periferias, sus heridas y sus afectos forman parte de esta identidad que tantas veces contamos únicamente desde el orgullo y el éxito.
Yo sé de dónde vengo. Vengo de un barrio al que tenía que llegar caminando después de salir del colegio, porque ni el transporte público nos subía hasta allá. Era un niño regresando a su casa. Pero vivía en uno de esos barrios que cargaban con la fama de una Medellín señalada como una de las ciudades más peligrosas del mundo.
Nunca entendí por qué, si yo no le había hecho daño a nadie, tantas veces me hacían sentir y me miraban como si fuera un delincuente. Parecía que mi barrio hablaba por mí antes de que yo pudiera decir quién era. Y uno, siendo niño, no tiene cómo defenderse de esa mirada. Apenas empieza a descubrir el mundo y ya siente que debe justificar su lugar en él.
Ese dolor de niño, ese que lo marca a uno para toda la vida, no se lo deseo a nadie. Hoy, pasados los cincuenta años, todavía me toca luchar con mi sensación de no merecer. He construido una vida, he trabajado y he abierto caminos. Aun así, hay momentos en los que vuelve aquel niño al que hicieron sentir que había algo malo en él por venir de donde venía.
Por eso me importa tanto cómo trata la autoridad a los muchachos de nuestros barrios. Me pregunto qué queda en ellos después de una requisa, de una palabra humillante o de una sospecha que no pueden sacudirse. Qué aprenden sobre sí mismos cuando los adultos encargados de protegerlos los hacen sentir una amenaza.
Yo pude construir otro camino. Eso no me hace superior a los muchachos con los que crecí. Tampoco me obliga a negar las responsabilidades de cada uno. Me exige recordar que las oportunidades no estuvieron repartidas de la misma manera. Pero todavía llevo conmigo a ese niño que subía caminando a su casa. Cuando pido seguridad con dignidad, también hablo por él.
Quiero una ciudad segura. Quiero que las víctimas encuentren justicia y que las autoridades cumplan su deber. Quiero también que ninguna persona tenga que demostrar inocencia por su apariencia, por su barrio o por sus amistades de infancia.
La autoridad tiene una responsabilidad mayor precisamente porque actúa en nombre de todos. Su legitimidad también se juega en la manera como trata a quien captura, requisa o interroga.
Sigo pudiendo nombrar como mis amigos a aquellos muchachos de la cuadra, sin celebrar el daño que algunos causaron. Esa memoria me permite pedir seguridad y, con la misma firmeza, negarme a que la dignidad humana dependa de quién está al otro lado del uniforme.
Porque yo sé de dónde vengo. Y no quiero que a los muchachos que hoy crecen allí el Estado los encuentre por primera vez cuando ya tenga razones para perseguirlos





