La frase final del clásico del cine colombiano, «La estrategia del caracol», resuena hoy bajo el puente de la 4 Sur: columnas recién pintadas, comerciantes que pierden su sustento y una comunidad que se dispersa. ¿Qué significa recuperar un espacio si quienes le daban vida terminan quedándose por fuera?
Por Marco Andrés Jaramillo Ortiz
Columna de opinión
Ayer me encontré con Rosa en otro parque de Medellín. Es venezolana, lleva más de una década en esta ciudad y vendía arepas con un carrito en la 4 Sur. Nos abrazamos. En medio de ese abrazo me dijo que la estaba pasando mal.
Hubo un día en que llegué llorando a la 4 Sur, atravesado por una de mis crisis de ansiedad. Rosa me abrazó y me dio palabras de consuelo. Aquel parque fue también el lugar donde alguien me sostuvo cuando lo necesitaba.
Volver a abrazarla, esta vez mientras me hablaba de su hambre, me destrozó el corazón. Pensé en su carrito, en sus arepas y en todas esas relaciones que desaparecen de los discursos oficiales cuando un territorio queda reducido a un lugar que hay que recuperar.
Hace pocos días, el alcalde Federico Gutiérrez anunció la transformación de siete bajos de puentes, entre ellos la 4 Sur, mediante una alianza con privados. La información divulgada habla de iluminación, zonas verdes, comercio y espacios de encuentro, con adecuaciones previstas entre finales de 2026 e inicios de 2027. También recoge su afirmación de que estos lugares seguirán siendo públicos.
Es una promesa que merece examinarse desde la vida de quienes ya estaban allí.
Porque la 4 Sur que conozco tenía gente. Tenía vendedores que dependían de sus ventas diarias, visitantes que encontraban compañía y personas que habían construido una relación con el lugar durante años. Tenía problemas de convivencia que debían atenderse. Y tenía una vida comunitaria que merecía ser escuchada antes de decidir cómo transformarla.
En ese espacio, lo que he presenciado es una intervención que llegó a pintar columnas sin construir primero una conversación con su comunidad. Al mismo tiempo, los operativos y la permanencia policial han ido vaciando el parque. Los comerciantes informales pierden compradores y capacidad de sostenerse. Rosa forma parte de esa realidad.
El resultado que veo es la expulsión de una vida cotidiana. Las personas se van, las ventas se pierden y las necesidades siguen existiendo.
Entonces recuerdo La estrategia del caracol.
En la película de Sergio Cabrera, un grupo de inquilinos enfrenta el desalojo de la casa donde ha construido su vida. La creatividad, la solidaridad y la organización les permiten defender su dignidad. Al final queda aquella frase que atravesó la memoria del cine colombiano: «Ahí tienen su hijueputa casa pintada».
La alusión me persigue cuando pienso en la 4 Sur: ahí tienen su hijueputa puente pintado.
Las columnas ya están pintadas. Entretanto, una mujer que trabajaba allí me dice que está pasando hambre.
Esa es la contradicción que quiero poner sobre la mesa.
Una intervención puede mejorar físicamente un lugar y, al mismo tiempo, deteriorar las condiciones de vida de quienes lo frecuentan. Por eso, sus resultados también deben medirse en las posibilidades de trabajar, permanecer, encontrarse y participar en las decisiones.
¿Dónde quedan los vendedores que llevan años buscando allí su sustento? ¿Qué alternativas tienen mientras el parque pierde visitantes? ¿Quién está escuchando a las personas que se han dispersado? ¿Qué está pasando en las calles de Cristo Rey, hacia donde se trasladan dinámicas que preocupan a sus vecinos?
Los residentes también merecen respuestas. Sus inquietudes sobre la convivencia necesitan soluciones que se sostengan en el tiempo. Mover una problemática unas calles más allá deja pendiente el trabajo de atenderla.
La Agencia APP tiene publicado un proyecto de recuperación y activación del bajo del puente de la 4 Sur. Ese hecho exige claridad sobre el alcance de las intervenciones, los usos previstos y la participación de quienes ya trabajan y se encuentran en el sector.
La coincidencia entre ese proyecto y los operativos merece explicaciones públicas. Por sí sola, no demuestra que exista una orden de despejar el parque para un futuro aprovechamiento comercial. Mi cuestionamiento parte de los efectos que estoy viendo y de una obligación elemental de la administración: explicar cómo va a proteger e incluir a las personas afectadas.
La afirmación de que el espacio seguirá siendo público debe traducirse en condiciones concretas. Rosa tiene que poder entender qué lugar habrá para ella en ese futuro. Los vecinos deben conocer cómo se atenderán sus preocupaciones. Los visitantes necesitan oportunidades reales de participar.
También tenemos una tarea quienes sentimos este parque como parte de nuestra vida.
En la 4 Sur existían afectos, encuentros y relaciones de cuidado. Nos ha faltado convertir esos vínculos en una capacidad compartida para proponer, acordar y exigir respuestas.
Esa es una de las apuestas de Territorios que Escuchan: Diálogos para la Convivencia en la 4 Sur, el proyecto que estamos impulsando y en cuyo marco ya realizamos una primera reunión con comunidad, comerciantes y personas que frecuentan el parque.
Ese encuentro es un comienzo. Necesitamos sumar voces, reconocer desacuerdos y construir propuestas con quienes viven alrededor. La 4 Sur puede ser un escenario para abordar las problemáticas sociales que allí se expresan y que Medellín encuentra repetidas en tantos otros lugares.
La organización comunitaria puede ayudarnos a cuidar el espacio, establecer acuerdos de convivencia y reclamar una presencia institucional capaz de acompañar procesos. El cuidado de la vida también se juega en que una persona pueda trabajar, comer y encontrar apoyo cuando atraviesa un momento difícil.
Rosa me lo enseñó aquel día en que me abrazó.
Quiero que sus lágrimas sean escuchadas. Que nos muevan a encontrarnos, a organizarnos y a exigir que la ciudad vuelva a poner la mirada en sus ciudadanos.
Las columnas ya están pintadas. Ahora hace falta que quienes toman las decisiones miren a las personas que se están quedando por fuera.
Y que Rosa tenga un lugar en esa conversación, con su historia, sus arepas y su derecho a construir una vida digna en Medellín.








