InicioPortada¿Y ahora quién nos va a defender de nosotros mismos?

¿Y ahora quién nos va a defender de nosotros mismos?

- Advertisement -

Las elecciones presidenciales de primera vuelta dejaron muchas lecturas posibles. Algunas hablarán de economía, seguridad o gobernabilidad. Pero para quienes hacemos parte de la diversidad sexual y de género, la pregunta es otra:

¿Estamos siendo estratégicos en la defensa de nuestros propios derechos?

Durante años, las personas LGBTIQ+ en Colombia hemos repetido una verdad que no admite discusión: seguimos siendo una minoría. Una población que, aunque ha logrado avances históricos, continúa enfrentando discriminación, violencia y exclusión en amplios sectores de la sociedad.

Los grandes avances de nuestra población no nacieron de mayorías electorales. No fueron producto de una revolución política. Se construyeron gracias a décadas de trabajo riguroso, litigio estratégico, argumentos jurídicos sólidos y la capacidad de convencer incluso a quienes pensaban distinto.

Fue así como logramos el matrimonio igualitario, la adopción y el cambio de género en la cédula de ciudadanía. Fue así como logramos que la Corte Constitucional reconociera derechos que durante décadas nos fueron negados. Nuestros mayores triunfos llegaron cuando entendimos que las minorías no transforman la sociedad imponiéndose, la transforman persuadiendo. 

Sin embargo, algo parece haber cambiado. La estrategia ha sido reemplazada por la confrontación. La construcción de alianzas, por la pureza ideológica y la discusión de ideas, por la descalificación permanente.

Hoy pareciera que para algunos sectores de la movilización LGBTIQ+ cualquier persona que piense diferente merece ser señalada, cancelada o expulsada de la conversación pública. Y cuando una minoría comienza a atacar a quienes son sus aliados, pierde capacidad de incidencia.

Durante esta campaña presidencial hubo una palabra que se repitió constantemente contra quienes no respaldaban determinadas candidaturas: «traidores».

“Traidores” por pensar distinto. “Traidores” por votar distinto. “Traidores” por no seguir la línea correcta.

Pero después de conocer los resultados, surge una pregunta incómoda.

¿Quién traicionó a quién? ¿Traicionó quien votó según sus convicciones? ¿O traicionó quien se dedicó a ridiculizar, desacreditar y destruir políticamente a uno de los pocos hombres abiertamente gays que había logrado romper el techo de cristal de la política colombiana?

Porque Juan Daniel Oviedo no llegó donde llegó por una cuota simbólica. Llegó por mérito, por preparación, por experiencia, por resultados.

Vivió el matoneo, vivió la discriminación, vivió los prejuicios que tantas personas diversas han enfrentado en Colombia y aun así logró abrirse camino hasta ocupar espacios que durante décadas reclamamos para nuestra Poblacion .

Sin embargo, una parte importante de la conversación alrededor de su figura terminó centrada en todo aquello que supuestamente estaba mal en él. Era demasiado técnico, demasiado gomelo, demasiado moderado, demasiado institucional, demasiado inteligente para algunos y demasiado distinto para otros.

Al final, pareciera que una parte de la propia diversidad sexual fue incapaz de reconocer el enorme valor estratégico que representaba tener una voz con capacidad real de interlocución en escenarios donde históricamente hemos estado ausentes.

Y entonces vuelve la pregunta. ¿Quién traicionó a quién? Porque tal vez la verdadera traición no fue política. Tal vez fue haber confundido la diferencia de opinión con una razón suficiente para atacar a uno de los nuestros.

Hoy el panorama obliga a actuar con cabeza fría. La realidad es que nuestros derechos siguen descansando, principalmente, en la Constitución y en la jurisprudencia construida durante décadas. Y eso debería preocuparnos.

Porque cualquier proceso de transformación institucional, cualquier intento de reescribir las reglas del juego o cualquier escenario constituyente debe ser analizado con enorme responsabilidad por quienes seguimos siendo una minoría dentro del país.

Las elecciones de ayer dejaron una lección que no deberíamos ignorar. La indignación no reemplaza la estrategia, la identidad no reemplaza la construcción de poder y la pureza ideológica no reemplaza la capacidad de negociación.

Quizás el mayor desafío para la diversidad sexual colombiana no sea derrotar a sus adversarios. Quizás sea recuperar la capacidad de construir alianzas, reconocer diferencias y entender que no todas las personas LGBTIQ+ están obligadas a pensar igual para merecer respeto.

Una comunidad que no es capaz de convivir con sus propias diferencias corre el riesgo de convertirse en el principal obstáculo para alcanzar aquello que dice defender.

Las elecciones pasaron y ahora queda una reflexión pendiente: si seguimos llamando “traidor” a todo aquel que piensa distinto, tal vez llegue el día en que descubramos que los únicos que quedamos para señalar somos nosotros mismos.

 

Marco Andrés Jaramillo
Marco Andrés Jaramillo
Comunicador Social-Periodista de la Universidad de Antioquia, con amplia experiencia en Periodismo, Comunicación Organizacional, Relaciones Públicas y Televisión. Co-fundador de egoCity y director general.
Más Articulos

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

- Advertisment -
- Advertisment -
- Advertisment -